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Ella merodea cubierta en la oscuridad, usando la llave maestra que sólo ella posee, con zapatos de suela silenciosa y llevando una cartera repleta de calmantes para utilizar en caso de que haya perros que sea necesario adormecer. Ingresa al edificio y camina hacia la oficina de seguridad, donde un guardia es sacudido de su vianda por la visión de su gran patrón a quien nunca vio antes. En menos de un minuto queda en el piso, inconsciente, gracias a un ingenioso pequeño adormecedor que ella lleva escondido entre sus ropas. Luego ingresa en la zona de los talleres y lanza un rayo entre la larga fila de motores, buscando el que será empleado por su hijastro ese sábado por la noche.
Allí, junto a la lejana pared, cerca de la esquina. Del bolsillo de su abrigo extrae un pequeño aparato negro que coloca en la parte interna del conducto de aire del motor ya carburado. La bomba de tiempo es suficientemente chica para no ser vista, y con el tamaño ideal para hacer su trabajo. Con su tarea de sabotaje completa, ella abandona el lugar y regresa a su guarida, donde algunas noches después observará alegremente cómo su trabajo detona a seis vueltas del final y arruina la carrera de Dale Earnhardt Jr. en Richmond.
¿La parte de más miedo? Que algunas personas realmente creen en cosas como estas.
Puede que no tan sobreactuada, como en una novela barata, pero algo relativamente similar. Entre las consecuencias de la falla del motor de Earnhardt el sábado por la noche en Richmond International Raceway, la última en una serie de fallas similares que lo dejaron fuera de la Caza por la Copa Nextel, la casilla de emails está saturada de teóricos en conspiraciones quienes proclaman que estuvo metida la mano de la malvada madrastra Teresa. Puede que ella no haya ingresado al taller de los motores una noche y puesto una carga explosiva en el motor de Junior. Puede que lo haya hecho descomponer de alguna otra manera. O le pagó a alguien para que lo hiciera. O arregló que se usaran en el motor materiales de mala calidad, como el acero empleado en el transatlántico Titanic.
Es todo tan evidentemente extravagante, tan estupendamente ridículo, que así y todo alguna gente lo compra.
"Sinceramente creo que la querida madrastra saboteó al chico", escribió un simpatizante otras veces razonable de Chicago. Sí, Earnhardt mismo avivó este fuego cuando dijo "pareciera que se desarman cuando los ponen en mi auto", luego de su quinta rotura de motor esta temporada y la tercera en las últimas siete carreras. Su relación con Teresa, con quien libró amargas batallas acerca de la posesión de Dale Earnhardt Inc. y su número 8, está más complicada que nunca. Se está yendo al Hendrick Motorsports la próxima temporada.
Pero hay una gran, casi insalvable brecha entre el desencanto personal y la clase de perjuicio que no sólo dañaría a Earnhardt Jr., sino a DEI en su totalidad. Earnhardt puede que no se lleve bien con Teresa, pero tiene un trato por demás de excelente con el presidente Max Siegel, el vicepresidente Richie Gilmore, su compañero de equipo Martin Truex Jr. y todos quienes están dentro de DEI. Si Teresa alguna vez hubiese tramado un plan tan cobarde, existen muchas personas a las que hubiese tenido que convencer para llevarlo a cabo. Y eso no pasó.
Hay mucho de impracticable en ese sentido, que brilla por completo sobre el detalle que DEI y Richard Childress Racing están en plena fusión de trabajos en los motores, y pasa por alto el hecho de que los motores de Junior han sido poco convincentes todo el año. Rompió el primero en California, en la segunda carrera de la temporada y tres meses antes de anunciar sus intenciones de irse de DEI. La segunda rotura fue en abril, en Texas. Cuando se trata de motores, el equipo del auto número 8 sabe que camina sobre una cuerda floja. Por ejemplo, dos semanas atrás, antes de la carrera del Día del Trabajo en California, Earnhardt sólo hizo muy pocas vueltas en entrenamientos porque su grupo estaba preocupado acerca de una posible rotura de motor.
Incluso en Richmond, su motor estuvo a sólo seis vueltas, un poco más de dos minutos, de sobrevivir toda la carrera, a pesar de que fue llevado al límite por el piloto más desesperado en la pista. Pero hay un problema más grande aquí, y uno que no tiene nada que ver con bielas, pistones ni válvulas. Tiene que ver con el por qué tanta gente que sigue esta actividad parece querer ignorar las causas que originaron el problema, en lugar de apuntar sin sentido con el dedo a una sombra.
¿Michael Waltrip fue atrapado por usar un aditivo prohibido en el combustible en Daytona? ¡Fue saboteado por fuerzas anti Toyota! ¿Steve Letarte y Chad Knaus descubiertos por violaciones en el Auto del Mañana en Sonoma? ¡Fueron armadas y orquestadas por fuerzas anti Hendrick! ¿Dale Jr. rompió muchos motores esta temporada? ¡Es por culpa de Teresa! Los temas, los protagonistas y las temporadas cambian, pero existe una constante: muchas personas hacen ojos ciegos a las responsabilidades personales, y buscan por un sencillo, casi cómico chivo expiatorio a quien echarle toda la culpa.
Suficiente. Es inmaduro, irracional y erosiona la credibilidad de una actividad que ya de por sí tiene muchas variables que enfrentar. Los motores de Earnhardt Jr. no se rompen porque Teresa se tome una fantástica vendetta, sino por una razón más mundana. El piloto estuvo mucho tiempo a fondo con el acelerador. Una pieza comprada a un proveedor falló. No fue calibrado para la correcta temperatura ambiente o nivel de humedad. O alguien en el taller de motores, cerca del final de una extensa temporada llena de largas semanas de trabajo, estuvo perezoso, descuidado o cansado.
Las personas que arman motores realizan autopsias en aquellos que se rompen, y siempre logran identificar las razones de la falla. La del sábado fue debido a la rotura de la correa de la bomba de aceite, y no por una rencorosa madrastra, dominando perros guardianes y personal de seguridad para escapar después en medio de la noche.
Las opiniones expresadas son exclusivas del autor.