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Un viaje poco grato a un pasado difícil de NASCAR (cont.)
Talladega es una pista en la que los pilotos tragan con un poco más de angustia, en la que se abrazan un poco más con sus esposas, y sólo tratan de llegar. Al final algunos de ellos correctamente se enfurecen por el hecho de que les piden que compitan en una instalación que está por debajo del razonamiento, todo con la esperanza de tener un buen show.
Ahora, vamos a ser claros. Algunas de las mejores personas en la categoría trabajan en Talladega, y esto no es una acusación contra ellos. Esto no tiene nada que ver con los campamentos de pesca en Coosa Lake, las cavernas de Childersburg, los soldados estacionados en Anniston, con el Alabama Gang, Bear Bryant, o cualquier cosa del Heart of Dixie, sino con un triángulo de 2.66 millas de una inmobiliaria que tiene la mala costumbre de arrojar autos final tras final.

Michael Waltrip, Chad Knaus, Jimmy Spencer y Steve Byrnes tratan de encontrar formas de prevenir que el Big One pase en Talladega.
Tampoco es una condena al comité de seguridad de NASCAR, el cual está personificado en el tipo de vehículo de próxima generación que tal vez haya salvado la vida de Newman el domingo. Probablemente nadie estuvo más aterrado al ver el auto de Newman en el aire y su techo desplazado que los ingenieros en el Centro de Investigación y Desarrollo, cuyo trabajo es prevenir que pasen cosas así. Pero en contra de Talladega, hasta ellos pueden hacer sólo eso.
Un poco de perspectiva aquí. Yo comencé a cubrir esta categoría en 2000, cuando una cultura de machismo dominaba el área del garaje y los dispositivos de seguridad eran frecuentemente vistos como algo para los miedosos o los débiles. Los periodistas seguían llevando la cuenta de cuántos pilotos usaban dispositivos de protección para el cuello y la cabeza, los cuales eran tan raros que podías contarlos con sólo caminar por la calle de pit.
Los siguientes años fueron devastadores: Adam Petty, Kenny Irwin, Tony Roper y Dale Earnhardt murieron en accidentes en la pista, y Steve Park, Jeff Purvis y Jerry Nadeau sufrieron heridas críticas que alteraron sus vidas. Una nube envolvía a la categoría. Había miedos no-descabellados sobre audiencias en el Congreso. Cualquiera que haya estado involucrado en NASCAR en aquel momento recuerda a las sufridas familias, recuerda las vidas destrozadas, recuerda esa frígida mañana bajo la carpa en Rockingham, N.C., cuando los representantes empezaban a tratar de explicar porqué había muerto Earnhardt.
Es imposible estar cerca de una situación como aquella y que eso no te afecte. No, ninguno de esos accidentes anteriormente mencionados ocurrieron en Talladega, ocurrieron en lugares como Loudon, Texas, Richmond y Nazareth. Y NASCAR es una organización mucho más proactiva y profesional debido a esas experiencias, las cuales convirtieron a la serie en un foco nacional y provocaron de todo menos cambios.
Pero para mí, cada viaje a Talladega se siente como un viaje poco grato a 2000 o 2001, cuando los accidentes con el potencial de ser desastrosos eran superados sólo como parte del acuerdo, y la seguridad tenía un lugar secundario en el show. Incluso ahora, recibo e-mails que no expresan sorpresa ni horror sobre el choque de Newman, sino que aseguran que la carrera del domingo fue muy aburrida. No les gustan todas las reglas, no les gusta el nuevo auto, no les gustan las bridas restrictoras. Quieren más acción. ¿Y por qué no? Han sido condicionados a recibir eso. Nunca piensan en un tipo sentado en la parte de adentro de su techo.
Flash de noticias: cuando se trata de Talladega, no me podría preocupar por el aburrimiento. Tal vez corran en una sola fila y bajo neutralización durante 188 vueltas, y no me importaría ni un poco. Quiero autos que dejen de volar por el aire. Quiero que cese esta celebración casi pornográfica de violencia vehicular. Quiero que las redes de televisión dejen de usar clips de accidentes horriblemente espectaculares en Talladega (como el de Edwards en la pasada primavera, el cual hirió a siete personas y pudo haber sido mucho peor) para vender su siguiente carrera. Más que nada, no quiero ver una repetición de aquello por lo que pasó esta categoría en esos 10 terribles meses entre mayo de 2000 y febrero de 2001. Sólo quiero que todos salgan caminando.
¿Eso es una contra-reacción? Quizás. Pero me temo que lo que estamos viendo ahora son advertencias, al igual que hubo advertencias de cara a las Daytona 500 de hace siete años, advertencias que en definitivas fueron ignoradas y eso le costó la vida a una figura icónica.
Una vez más, estamos hablando de Talladega, donde las advertencias pueden ser interpretadas como entretenimiento. Así que la serie seguirá, y el accidente de Newman quedará como una nota al pie de página, y la charla sobre reinar en la gran pista de Alabama seguirá apareciendo. Y en el próximo abril volveremos al lugar, y alguien más volará por el aire, y la gente gritará aterrada o fascinada, y yo aprenderé a odiar al Talladega Superspeedway una vez más.
Las opiniones expresadas son exclusivas del autor.