
Odio el Talladega Superspeedway.
Lo he odiado desde la primera carrera que vi allí, en el otoño de 2001, cuando Bobby Labonte fue rodando por la recta de atrás en la vuelta final y todos sólo lo aceptaron como un problema de la pista.
Lo odio porque me da esa sensación tensa e incómoda en la boca de mi estómago que no se va hasta que los 43 pilotos salen de sus autos y caminan. Lo odio por desde Bobby Allison hasta Rusty Wallace y Elliott Sadler y Carl Edwards, los vehículos han estado volando allí y nadie parece saber realmente cómo frenar eso. Lo odio porque es un lugar que glorifica a los accidentes espectaculares y las experiencias cercanas a la muerte, sin importar cuánta gente diga que en verdad lo aman por las carreras.
Lo odio porque es la pista en el circuito de NASCAR que satisface el menor denominador común de fanáticos de carreras, y el pasado domingo a la tarde estuvo así otra vez. Fue Ryan Newman, volando por el aire y aterrizando con el auto al revés, deslizándose por su techo y necesitando varios largos minutos para ser extraído de su aplastado auto de carreras, todo para su placer visual. Gracias al gran Dios de los cielos que no salió herido, o que el vehículo no se incendió, o que no hubo otra circunstancia amenazante que hubiese requerido una salida más precipitada. Sí, una cosa molesta como una herida seria hubiese arruinado toda la diversión.
Odio Talladega porque para mí, parece el último vestigio de los viejos malos días de NASCAR, cuando la categoría era lenta para adaptarse a los avances de seguridad, cuando los pilotos que usaban aseguradores de cuello y cabeza eran burlados por ver quién tenía el equivalente más macho en el área del garaje, cuando la serie era considerablemente más peligrosa de lo que es hoy.
Odio Talladega porque parece dar licencias para los accidentes con vuelos por el aire que ya no deberían ocurrir, porque da entusiasmos atractivos como el "Big One", el cual excusa a la innecesaria carnicería mecánica, porque le permite a NASCAR culpar el comportamiento de los pilotos por eventos en una pista que ha estado aventando autos como si fueran ramas durante 40 años.
Pero más que nada, odio el riesgo. Dios mío, lo deploro. Sé muy bien que ningún corredor de NASCAR murió en Talladega desde que el gran Tiny Lund perdió su vida en un accidente que afectó su clavícula en 1975, y eso tomando en cuenta los números crudos en Daytona e Indianápolis (los otros dos santuarios más importantes de la categoría) que han probado ser más mortales.
Los accidentes fatales pueden ocurrir en cualquier tipo de pista carreras, y el hecho de que las divisiones nacionales de la categoría hayan estado libres de incidentes así por más de siete años es un testamento del nuevo esfuerzo de NASCAR respecto a la seguridad. Y aún así, Talladega es el lugar en el que la serie más flirtea con el desastre. En la primavera, tuvimos suerte de que no más de siete fanáticos hayan resultado lastimados cuando el auto de Edwards pasó por encima del muro. El domingo, tuvimos suerte de que el capó de Kevin Harvick acortara la caída de Newman. ¿Por cuánto tiempo más se mantendrá esa suerte?
Odio Talladega porque parece una pista que no está bajo el control de nadie. El lugar es una bestia a la que no se le pueden poner reglas, y lo ha sido desde su primera carrera, la cual fue boicoteada por muchos de los mejores pilotos por temas de seguridad. Desde entonces, NASCAR ha tratado de reinar allí, con las bridas restrictoras, con vallas de contención más altas, con penalizaciones a los que pasan por línea amarilla, con mandatos contra los golpes. Fíjense en las partes más importantes de las cinco últimas vueltas del domingo para ver cómo funcionó todo eso. (continúa )